viernes, 19 de octubre de 2012

10454. No quería nada más que correr frenéticamente hasta no poder más

Blas, dorsal 46, compitiendo en el INEF de Madrid, 400 metros lisos, 24/04/1971.
#Foto: Velasco


20. Treinta y ocho segundos y nueve décimas


…Tres trescientos a tope con quince minutos de recuperación.
No dijimos nada, pero en este momento se terminó la conversación que habíamos llevado durante el calentamiento. Comenzó la concentración. Silenciosos y pensativos empezamos a estirar los músculos, cada uno por su lado.
Aquella tarde en la pista del INEF había muy pocos atletas entrenando, existía mucho orden en la utilización de las calles.
Hoy voy trenzando mis recuerdos deportivos de aquellos años con el espíritu de la ciudad; los espacios melancólicos de sus calles, de esa urbe desconocida que aún no sabía que amaba; paisajes que han quedado muy grabados en mi memoria y que vuelven con fuerza, con una apariencia ignorada por mi.
La añoranza por todo aquello que ya no volvería me partía el corazón. No quería nada más que correr frenéticamente hasta no poder más, enfrentándome a la soledad y a la reflexión del atleta que trabaja muy duro…
…Progresivos sin clavos y más progresivos, ahora con clavos…
Yo tenía bastantes dudas sobre mi estado de forma de aquel día, tanto más cuanto que era la primera vez, en el año, que iba a utilizar clavos.
Estaba deseando realizar aquel entrenamiento en pista, que me serviría de referencia para afrontar las próximas competiciones que tenía programadas; aquel test me ilusionaba y me resultaba muy atractivo, a pesar del canguelo que había sentido al pensar en él.
La primera salida la hice con Adolfo Gutiérrez, con Ángel Santana y con Pedro Molero. Corrí a tope, procurando mantener el ritmo en todo momento, como si se tratara de una competición.
“El boina” cantó los tiempos, el mío treinta y ocho segundos y nueve décimas. Madre mía que paliza. Con las zapatillas de clavos en las manos anduve descalzo por la hierba durante unos minutos. Me senté sobre la hierba. Enseguida me levanté. Un poco de soltura y otra vez me volví a calzar. 39.7 el segundo y 43.1 el tercero. Entré casi andando y con una pájara de espanto.
No veía nada y tenía la comida en la boca. Apunto estuve de echar lo poco que me quedaba del almuerzo.
Recuerdo que uno de mis compañeros era vegetariano estricto. Constantemente intentaba convencernos de que cambiáramos nuestros hábitos y no dejaba de darnos consejos sobre su filosofía de vida.
Se preocupaba mucho por la moral, estaba en sintonía con la naturaleza, amaba y anhelaba la vida pura y sencilla; era perspicaz y astuto, pero también bastante jactancioso.
Nosotros pensábamos que con nuestro comportamiento algo estábamos cambiando en nuestra sociedad.
No sabíamos la influencia que tenía en la juventud lo que hacíamos, pero éramos conscientes de que con nuestra manera silenciosa, eficaz y completamente distinta de hacer las cosas, conseguiríamos hacer brillar la luz donde no hacía mucho tiempo solamente existía oscuridad.
Habíamos superado las inhibiciones. Pensábamos que el futuro nos resultaría mucho más fácil, el camino más cómodo y el sendero menos sinuoso.


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10446. A medida que el tiempo iba pasando la fatiga aumentaba y el cansancio se apoderaba de nosotros, pero teníamos que continuar como pudiéramos

10439. Muchos rostros nos dejan una profunda huella y otros nos son totalmente indiferentes

10428. La posibilidad de enfrentarme a un buen jugador de ajedrez me resultaba muy atractiva

10415. Me fui a dormir con la cabeza muy revuelta

10409. Me llevo muchos recuerdos agradables que espero me acompañen durante toda mi vida

10403. Conseguimos un acercamiento que se rompió con la distancia y los nuevos compromisos y responsabilidades que yo adquirí en mi nuevo destino

10402. Seguí bajando a entrenar al SEU y al INEF, ahora con más asiduidad, porque ya me sentía parte de un grupo que me arropaba y ayudaba

10400. En la calle Barón del Solar de Fuente Álamo, mi abuelo Blas, padre de mi padre, le había dejado un trozo de bancal que tenía junto a la casa

10399. En la “cuadra del boina” estaban Pedro Molero, Adolfo Gutiérrez, Arturo Santurde, Ángel Santana, Pepe Verón (el Maño), José Luis García...

10398. Que abráis vuestros álbumes y me enviéis aquellas fotografías que guardáis como pequeños tesoros

10397. Han pasado más de cuarenta años desde aquella primera visita al Cerro de los Ángeles

10395. Tuvimos que enfrentarnos contra la indiferencia e incomprensión de la sociedad española de los años sesenta y setenta, nos llamaban locos

10389. Mi primer contacto con una pista de atletismo en Madrid, fue en las instalaciones del SEU de la Ciudad Universitaria

5492. Caminaba de pared a pared, con paso tenaz, inquieto, con las manos en la espalda, la cabeza hacia adelante, inmerso en sus pensamientos, sin molestarse en mirarnos ni hacer el más mínimo gesto que indicase que se había percatado de nuestra presencia

5475. Tuvo que pasar algún tiempo hasta que descubrí que aquel cronómetro, de 1964, no funcionaba bien cuando se corría con él en la mano

5445. Lo veía y no podía creerlo, el cronómetro se había parado en 10 segundos y 6 décimas. El récord de España, que tenía José Luis Sánchez Paraíso, de Salamanca, estaba en 10.4

5416. Nos alojamos en un Hostal del centro, y en la primera ocasión que tuve convencí a mi tío y a mi primo para que me acompañaran a la Relojería

5405. Dejé, encima de la cama, la maleta de madera, que cuatro años antes me había hecho el carpintero de mi pueblo, para viajar a Barcelona

5401. Eran las siete de la mañana, del día dos de septiembre del año 1965, cuando mi padre y yo caminábamos en silencio por la calle Barón del Solar

72. Cuenta mi padre, que se daban una buena tunda de correazos, volvían a sus casas calentitos, aunque siempre había que procurar dar y que no te dieran

71. Subía ella por la Plaza del Ayuntamiento, con su capazo de ropa apoyado en la cabeza. El agua le bajaba por la cara, empapándole la camiseta.

70. A mi abuela Serafina el trabajo se le acumulaba y no llegaba a tiempo de atender a sus diez hijos varones

69. Pidieron reunirse con Pedro de la Cruz, el Juez Árbitro, para proponerle que se cambiara la salida, que se corriera a favor del viento

68. Las piernas me pesaban como el plomo. Los brazos los movía sin control. La alegría de irme solo la pagué muy cara. Ya era tarde para rectificar

64. “El boina” nos había dicho que si no marchábamos bien nos descalificarían. El juez Arbitro Nacional Fermín Bracicorto, nos iba a controlar

61. Al estar situado cerca de la Ciudad Universitaria y del INEF, era el lugar idóneo, cuando no queríamos bajar a la Casa de Campo

54. El bigotes ganó la partida y el Campeonato. El premio que obtuve fue un tablero de ajedrez que habíamos comprado entre todos los participantes