martes, 16 de octubre de 2012

10446. A medida que el tiempo iba pasando la fatiga aumentaba y el cansancio se apoderaba de nosotros, pero teníamos que continuar como pudiéramos

Blas, en el Campeonato de Europa de Veteranos, Cesenatico, Italia. 800 metros.
#Foto: Blas



19. El silencio del bosque solamente era roto por nuestros jadeos y nuestras pisadas


¿Sabéis que entrenamiento tenemos que hacer? –pregunté a mis compañeros.

-No –me respondieron ellos, otros días nos llama Jesús, para que nos vayamos haciendo a la idea, pero esta tarde parece que nos quiere sorprender.

Ayer hicimos una hora de carrera continua, así es que hoy seguramente paliza. Nos dijo que no se nos olvidaran los clavos.

Aquel verano de 1967 la mayoría de los días entrenábamos en el INEF. Sobre todo cuando queríamos hacer calidad. También íbamos a la Casa de Campo a hacer carrera continua, fartlek, cuestas…

Nos cambiábamos en el vestuario. Bajábamos por el Puente de los Franceses y en pocos minutos nos adentrábamos en el bosque, ya sudando y calientes para iniciar la parte principal de la sesión.

Recordaba el día anterior y me veía subir lentamente las abruptas cuestas, con la cabeza agachada y la zancada muy corta, entre las encinas que jalonaban gran parte del circuito.

En las bajadas me dejaba caer. Debido a mi mayor velocidad, marcando un tranco más largo, conseguía conectar con el grupo que se había despegado en la subida.

El paisaje que se mostraba a mi vista era precioso, aunque la mayoría de las veces solamente podíamos disfrutar de su contemplación al principio de los entrenamientos.
Después, bastante trabajo teníamos con seguir al que nos precedía y no quedarnos descolgados.

El silencio del bosque solamente era roto por nuestros jadeos y nuestras pisadas. Con frecuencia sorprendíamos a conejos y a liebres, que se asustaban al percatarse de nuestra presencia. Nos habíamos introducido en su hábitat natural y enseguida desaparecían de nuestra presencia, saltando o corriendo a gran velocidad.

A veces el ritmo de carrera se ralentizaba, debido a tantos obstáculos con los que nos encontrábamos en nuestro recorrido.

A medida que el tiempo iba pasando la fatiga aumentaba y el cansancio se apoderaba de nosotros, pero teníamos que continuar como pudiéramos. Más lento, daba igual, pero nunca pararnos a no ser que hubiese una causa de fuerza mayor… que se te soltaran los cordones de las zapatillas, o que la vejiga la tuviéramos muy llena…

Con frecuencia me preguntaba si merecía la pena hacer tanto esfuerzo, cansarme tanto, machacarme de aquella manera. La respuesta emergía desde mi interior, en cuanto me recuperaba del esfuerzo que había hecho.

Sí, me merece la pena continuar haciendo lo que hago. Me siento mucho mejor cuando corro.

¡Que bellos son los momentos en los que el contacto con la naturaleza me hace experimentar una sensación de libertad desconocida!

¿Qué hacemos, empezamos a calentar o esperamos?

-No puede tardar mucho. El “boina” suele ser puntual. Al fin y al cabo el calentamiento siempre suele ser igual.

Le vimos llegar, sonriendo, sin decir nada, ni buenas tardes. Sin dejar de andar nos espetó: tres trescientos…




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5492. Caminaba de pared a pared, con paso tenaz, inquieto, con las manos en la espalda, la cabeza hacia adelante, inmerso en sus pensamientos, sin molestarse en mirarnos ni hacer el más mínimo gesto que indicase que se había percatado de nuestra presencia

5475. Tuvo que pasar algún tiempo hasta que descubrí que aquel cronómetro, de 1964, no funcionaba bien cuando se corría con él en la mano

5445. Lo veía y no podía creerlo, el cronómetro se había parado en 10 segundos y 6 décimas. El récord de España, que tenía José Luis Sánchez Paraíso, de Salamanca, estaba en 10.4

5416. Nos alojamos en un Hostal del centro, y en la primera ocasión que tuve convencí a mi tío y a mi primo para que me acompañaran a la Relojería

5405. Dejé, encima de la cama, la maleta de madera, que cuatro años antes me había hecho el carpintero de mi pueblo, para viajar a Barcelona

5401. Eran las siete de la mañana, del día dos de septiembre del año 1965, cuando mi padre y yo caminábamos en silencio por la calle Barón del Solar

72. Cuenta mi padre, que se daban una buena tunda de correazos, volvían a sus casas calentitos, aunque siempre había que procurar dar y que no te dieran

71. Subía ella por la Plaza del Ayuntamiento, con su capazo de ropa apoyado en la cabeza. El agua le bajaba por la cara, empapándole la camiseta.

70. A mi abuela Serafina el trabajo se le acumulaba y no llegaba a tiempo de atender a sus diez hijos varones

69. Pidieron reunirse con Pedro de la Cruz, el Juez Árbitro, para proponerle que se cambiara la salida, que se corriera a favor del viento

68. Las piernas me pesaban como el plomo. Los brazos los movía sin control. La alegría de irme solo la pagué muy cara. Ya era tarde para rectificar

64. “El boina” nos había dicho que si no marchábamos bien nos descalificarían. El juez Arbitro Nacional Fermín Bracicorto, nos iba a controlar

61. Al estar situado cerca de la Ciudad Universitaria y del INEF, era el lugar idóneo, cuando no queríamos bajar a la Casa de Campo

54. El bigotes ganó la partida y el Campeonato. El premio que obtuve fue un tablero de ajedrez que habíamos comprado entre todos los participantes

53. No quería nada más que correr frenéticamente hasta no poder más, enfrentándome a la soledad y a la reflexión del atleta que trabaja muy duro