lunes, 17 de septiembre de 2012

10403. Conseguimos un acercamiento que se rompió con la distancia y los nuevos compromisos y responsabilidades que yo adquirí en mi nuevo destino

Blas, en segunda posición
Foto: Velasco 


14. Los ruidos que había en la calle llegaban vibrantes como flechas en el aire

Poco más de once años llevaba yo trabajando en el Departamento de Contabilidad de la Factoría de CASA de Getafe, cuando me propusieron que si quería trasladarme a la Dirección de Proyectos, a un edificio nuevo que se estaba construyendo. No tuve que pensármelo mucho, enseguida dije que sí. Era una oportunidad que se me ofrecía para mejorar mi vida laboral y no estaba dispuesto a desaprovecharla. Probablemente no volviera a tener otra ocasión tan atractiva como aquella. Era el año 1977.
Mi trabajo en la Fábrica consistía, entre otros, en preparar la facturación a la USAF.
En la década de los años setenta, en la factoría de Construcciones Aeronáuticas de Getafe (CASA), se revisaban muchos aviones del Ejercito del Aire de los Estados Unidos de América. Había mucho trabajo. Todo el que quería ganar dinero podía conseguirlo realizando horas extraordinarias.
Pasó casi un mes desde que me propusieron cambiar de curro hasta que me marché.
Durante los casi treinta días que pasé de espera, tuve ocasión de conocer un poco más, de lo que ya conocía, a mi compañero de trabajo Felipe Pajuelo. Él sería el encargado de realizar mi relevo laboral, de coger el testigo simbólico que yo le daba.
Pasamos unos días inolvidables. Teníamos las mesas juntas. Aquello propició un intercambio de información extraordinariamente fluida.
Recuerdo que en nuestra búsqueda de nuevos conceptos, le dimos mucha importancia a los verbos auxiliares ser o estar. Intentamos encontrar nuevas definiciones. Nos reímos mucho. Procuramos darle sentido a nuestra realidad de aquellos días. Conseguimos un acercamiento que se rompió con la distancia y los nuevos compromisos y responsabilidades que yo adquirí en mi nuevo destino.
La mañana que tenía que incorporarme a mi nuevo trabajo en la Dirección de Proyectos, estaba mirando todavía la pared del dormitorio, donde se reflejaba una tenue raya del día, y sabía ya que tiempo hacía en el exterior. Los ruidos que había en la calle llegaban vibrantes como flechas en el aire, resonantes en una mañana espaciosa, glacial y pura. Los coches que circulaban a aquella hora transmitían un sonido quejumbroso, como si tuvieran muchas dificultades en avanzar. La lluvia no tardaría mucho en hacer acto de presencia y yo tenía que ponerme rápidamente en movimiento si no quería llegar tarde a mi cita.
La nueva dirección de Proyectos nació de la integración de la extinta Hispano Aviación de Sevilla y la Dirección de Proyectos de CASA, que tenía las oficinas en la calle Rey Francisco de Madrid.
En la Dirección de Proyectos pasé trabajando 12 años. Hoy, a diez días de cesar mi actividad laboral, al recordar todas las vivencias que he tenido, no tengo duda en calificar mis primeros años en Proyectos como los mejores en mi vida laboral.
Al final de la década de los ochenta cambiaron muchas cosas en CASA, las nuevas incorporaciones, con titulaciones Universitarias, fluyeron de una forma masiva e indiscriminada.
No solamente ingenieros aeronáuticos, que según entendíamos nosotros eran muy necesarios, sino también una riada de economistas, al mando de un capitán. Pronto se encargaron de tomar posiciones en el nuevo territorio conquistado. Someter a los antiguos moradores a gran presión psicológica. A algunos nos pareció exorbitante. No pudimos soportarla.
Los cambios habían llegado a CASA. Los diligentes e infatigables jóvenes, la mayoría recién salidos de la Universidad, pronto impusieron un nuevo orden. Probablemente fuera necesario. Seguramente era el camino más recto. Lo que no me cabe duda es que no estuvo exento, en algunos casos, de un comportamiento altivo y arrogante.
Creo que fui bastante afortunado en el segundo piso del edificio nuevo. Muchos de mis compañeros me ayudaron a conseguirlo. De todos aquellos nombres emergen con mucha fuerza los de Domingo Balaguer, Maruja Martínez, Adelia Martín, Blanca Martínez, Enrique Pérez Doblas, Juan Montero, María Teresa Gómez Moraleda, Cesar Antón Mayoral, Maruja Fole, José María Martínez Judez, Sonsoles Casares, María Luisa… algunos de estos ya no están entre nosotros. Otros muchos, que prefiero no mencionar hoy, seguramente van a leer estás líneas. Ellos comprenderán que, por razones obvias, no los nombre en esta ocasión…
…Se estaba empezando a crear la Compañía Española de Sistemas Aeronáuticos (CESA). Alfredo Martínez me propuso incorporarme al nuevo equipo que quería formar. Dos días después le llamé por teléfono para decirle que me iba con él. No aguantaba más el aire irrespirable que me rodeaba. Tenia que intentar recobrar la antigua ilusión que un día tuve y que me había abandonado.


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71. Subía ella por la Plaza del Ayuntamiento, con su capazo de ropa apoyado en la cabeza. El agua le bajaba por la cara, empapándole la camiseta.

70. A mi abuela Serafina el trabajo se le acumulaba y no llegaba a tiempo de atender a sus diez hijos varones

69. Pidieron reunirse con Pedro de la Cruz, el Juez Árbitro, para proponerle que se cambiara la salida, que se corriera a favor del viento

68. Las piernas me pesaban como el plomo. Los brazos los movía sin control. La alegría de irme solo la pagué muy cara. Ya era tarde para rectificar

64. “El boina” nos había dicho que si no marchábamos bien nos descalificarían. El juez Arbitro Nacional Fermín Bracicorto, nos iba a controlar

61. Al estar situado cerca de la Ciudad Universitaria y del INEF, era el lugar idóneo, cuando no queríamos bajar a la Casa de Campo

54. El bigotes ganó la partida y el Campeonato. El premio que obtuve fue un tablero de ajedrez que habíamos comprado entre todos los participantes

53. No quería nada más que correr frenéticamente hasta no poder más, enfrentándome a la soledad y a la reflexión del atleta que trabaja muy duro

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