lunes, 17 de septiembre de 2012

10402. Seguí bajando a entrenar al SEU y al INEF, ahora con más asiduidad, porque ya me sentía parte de un grupo que me arropaba y ayudaba

Foto: Velasco 


13. Cuarenta años después seguimos reuniéndonos el día de los Santos Inocentes

El tiempo iba pasando, llegó la temporada de 1967 y Mingo no hizo nada para que el equipo de CASA se federase en Atletismo.
Así es que decidí unirme al club de Paco Perela y firmé ficha de la Federación Madrileña de Atletismo.
En el club Perelada me dieron una ayuda de 500 pesetas, para que pudiera comprar mis primeras zapatillas de clavos.
Los clavos de las deportivas eran fijos, se iban desgastando con el uso, no se parecían en nada a las excelentes zapatillas de clavos intercambiables que se utilizan ahora.
Las pumas, esta era la marca de las zapatillas, me duraron bastante. Era una gozada poder correr y sujetarse con aquellas garras que te permitían avanzar sin resbalar ni perder impulso.
Yo estaba como un niño con zapatos nuevos, cuidaba las zapatillas con un mimo exquisito. Por entonces era normal prestárselas a aquellos compañeros que no tenían. Recuerdo dejárselas a un atleta para correr un 10.000 y lo mal que me sentó que le pisaran y le hicieran un desgarrón. Ya no volví a dejarlas nunca más.
Seguí bajando a entrenar al SEU y al INEF, ahora con más asiduidad, porque ya me sentía parte de un grupo que me arropaba y ayudaba en los momentos en que el entrenamiento no me salía como a mí me hubiera gustado. Vivía con gran intensidad los momentos anteriores a empezar a entrenar. La incertidumbre de saber que nos tocaba cada día, cual era el plan que teníamos que hacer, se terminaba, con frecuencia, con una hora de carrera continua, que nos servía para recuperarnos de la paliza que nos habíamos dado en la pista el día anterior y que nos había dejado las piernas muy cascadas.
Después de entrenar volvíamos, todos juntos, andando hasta el metro de Moncloa, comentando las incidencias que habíamos tenido, pensando en la competición que teníamos que realizar el fin de semana y que, a la vista de los tiempos que habíamos realizado, debería llevarnos a mejorar nuestros registros personales.
En aquel grupo de amigos teníamos una filosofía muy particular de entender la vida y todo lo relacionado con ella. Era indudable que la reflexión metódica a la que continuamente nos entregábamos, articulaba nuestro conocimiento del atletismo, nos llevaba a conocer nuestras posibilidades y nuestros límites. Años más tarde dejarían una profunda huella en nuestro modo de ser y de hacer.
Fue muy lamentable que aquella agrupación no tuviera una larga existencia. Cada uno de nosotros tuvimos que enfrentarnos a los avatares de la vida y poco tiempo después se disgregó.
Cuarenta años después, algunos de sus componentes, seguimos reuniéndonos en el Restaurante "El Pajar"de Madrid todos los 28 de diciembre, el día de los Santos Inocentes.
 
 

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10400. En la calle Barón del Solar de Fuente Álamo, mi abuelo Blas, padre de mi padre, le había dejado un trozo de bancal que tenía junto a la casa

10399. En la “cuadra del boina” estaban Pedro Molero, Adolfo Gutiérrez, Arturo Santurde, Ángel Santana, Pepe Verón (el Maño), José Luis García...

10398. Que abráis vuestros álbumes y me enviéis aquellas fotografías que guardáis como pequeños tesoros

10397. Han pasado más de cuarenta años desde aquella primera visita al Cerro de los Ángeles

10395. Tuvimos que enfrentarnos contra la indiferencia e incomprensión de la sociedad española de los años sesenta y setenta, nos llamaban locos

10389. Mi primer contacto con una pista de atletismo en Madrid, fue en las instalaciones del SEU de la Ciudad Universitaria

5492. Caminaba de pared a pared, con paso tenaz, inquieto, con las manos en la espalda, la cabeza hacia adelante, inmerso en sus pensamientos, sin molestarse en mirarnos ni hacer el más mínimo gesto que indicase que se había percatado de nuestra presencia

5475. Tuvo que pasar algún tiempo hasta que descubrí que aquel cronómetro, de 1964, no funcionaba bien cuando se corría con él en la mano

5445. Lo veía y no podía creerlo, el cronómetro se había parado en 10 segundos y 6 décimas. El récord de España, que tenía José Luis Sánchez Paraíso, de Salamanca, estaba en 10.4

5416. Nos alojamos en un Hostal del centro, y en la primera ocasión que tuve convencí a mi tío y a mi primo para que me acompañaran a la Relojería

5405. Dejé, encima de la cama, la maleta de madera, que cuatro años antes me había hecho el carpintero de mi pueblo, para viajar a Barcelona

5401. Eran las siete de la mañana, del día dos de septiembre del año 1965, cuando mi padre y yo caminábamos en silencio por la calle Barón del Solar

72. Cuenta mi padre, que se daban una buena tunda de correazos, volvían a sus casas calentitos, aunque siempre había que procurar dar y que no te dieran

71. Subía ella por la Plaza del Ayuntamiento, con su capazo de ropa apoyado en la cabeza. El agua le bajaba por la cara, empapándole la camiseta.

70. A mi abuela Serafina el trabajo se le acumulaba y no llegaba a tiempo de atender a sus diez hijos varones

69. Pidieron reunirse con Pedro de la Cruz, el Juez Árbitro, para proponerle que se cambiara la salida, que se corriera a favor del viento

68. Las piernas me pesaban como el plomo. Los brazos los movía sin control. La alegría de irme solo la pagué muy cara. Ya era tarde para rectificar

64. “El boina” nos había dicho que si no marchábamos bien nos descalificarían. El juez Arbitro Nacional Fermín Bracicorto, nos iba a controlar

61. Al estar situado cerca de la Ciudad Universitaria y del INEF, era el lugar idóneo, cuando no queríamos bajar a la Casa de Campo

54. El bigotes ganó la partida y el Campeonato. El premio que obtuve fue un tablero de ajedrez que habíamos comprado entre todos los participantes

53. No quería nada más que correr frenéticamente hasta no poder más, enfrentándome a la soledad y a la reflexión del atleta que trabaja muy duro

52. A medida que el tiempo iba pasando la fatiga aumentaba y el cansancio se apoderaba de nosotros, pero teníamos que continuar como pudiéramos

41. Muchos rostros nos dejan una profunda huella y otros nos son totalmente indiferentes. Para mí Carlos Pérez de Guzmán fue una persona excepcional

38. Había un jugador que me tenía realmente fascinado, este era el cubano Capablanca, que se había proclamado Campeón Mundial en el año 1921

27. Me fui a dormir con la cabeza muy revuelta. Estaba convencido de que acaba de hacer historia, la historia de mi vida

25. No me voy a ir de CESA, como tampoco me he ido de CASA. Me llevaré muchos agradables recuerdos que espero me acompañen durante toda mi vida

24. Conseguimos un acercamiento que se rompió con la distancia y los nuevos compromisos y responsabilidades que yo adquirí en mi nuevo destino