sábado, 15 de septiembre de 2012

10400. En la calle Barón del Solar de Fuente Álamo, mi abuelo Blas, padre de mi padre, le había dejado un trozo de bancal que tenía junto a la casa


Foto: Concha 


12. Crescencio se encarga de hacerlo todo mucho más fácil

En mi viaje a Fuente Álamo el pasado uno de noviembre, día de Todos los Santos, tuve ocasión de acordarme de algo que mi padre me contaba…
…Hace ya mucho tiempo, él recordaba cuando era niño, allá por los años veinte (1920), cuando moría alguna persona se le avisaba a un carpintero, que había dos en el pueblo por aquellos entonces: Miguelillo y Ángel. Al que se le avisaba iba a la casa mortuoria y tomaba las medidas al cadáver y con cuatro tablas hacia un ataúd, lo forraba con tela por dentro y lo pintaba por fuera de negro si era casado, y de blanco si era soltera o soltero.
Seguidamente le ponían cuatro asas para cogerlo y colocaban las iniciales del nombre y apellidos. Se cargaba al hombro por familiares y amigos hasta la puerta de la Iglesia, donde le echaba el responso el sacerdote. Si era de familia pudiente, solía ir el sacerdote hasta la Cruz que había donde empezaba el camino del cementerio, y volvía a responsarle. Una vez en el camposanto lo metían en un hoyo, lo tapaban con tierra y a otra cosa.
Después se despedía el duelo en la puerta de familiares del muerto. A los ocho días salía, a la calle, una señora con un manto negro en la cabeza, iba de puerta en puerta, llamaba y preguntaba: ¡Ave María Purísima! y los de dentro contestaban: ¡sin pecado concebida! Entonces decía la del manto. ¿Que si podéis ir mañana a la misa de fulano, o de mengano? Y los de dentro decían: ¡si podemos iremos! Así recorría todo el pueblo.
Hoy en día los entierros y los funerales están mucho más modernizados, en todos los aspectos, pero la muerte viene siempre, aunque no se espere… Ahora, 87 años más tarde, en Fuente Álamo, Crescencio se encarga de hacerlo todo mucho más fácil.
Próxima a finalizar la primera mitad del siglo pasado, mi padre daba los últimos retoques a la casa que se estaba construyendo en la calle Barón del Solar de Fuente Álamo. Mi abuelo Blas, padre de mi padre, le había dejado un trozo de bancal que tenía junto a la casa donde vivían mis otros abuelos, los padres de mi madre, Ezequiel y Josefa.
A mi madre le había dado su abuela Adelaida, mi bisabuela, 500 pesetas para que construyera la casa. También mi abuela Serafina les dio algo de dinero para que empezaran.
Así es que el año 1950 me fui con mis padres a nuestra nueva casa. El 29 de octubre de aquel mismo año nació mi hermana Serafina. Yo acababa de cumplir tres años y medio.
Mi padre era capaz de abordar un tema complejo y reconducirlo a sus aspectos esenciales, sin caer en simplificaciones. Tal vez fue esa permanente inquietud que él tenía lo que le convirtió, para mí, en un guía fiable, en un magnífico orientador deportivo y en un excelente referente.
 

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5492. Caminaba de pared a pared, con paso tenaz, inquieto, con las manos en la espalda, la cabeza hacia adelante, inmerso en sus pensamientos, sin molestarse en mirarnos ni hacer el más mínimo gesto que indicase que se había percatado de nuestra presencia

5475. Tuvo que pasar algún tiempo hasta que descubrí que aquel cronómetro, de 1964, no funcionaba bien cuando se corría con él en la mano

5445. Lo veía y no podía creerlo, el cronómetro se había parado en 10 segundos y 6 décimas. El récord de España, que tenía José Luis Sánchez Paraíso, de Salamanca, estaba en 10.4

5416. Nos alojamos en un Hostal del centro, y en la primera ocasión que tuve convencí a mi tío y a mi primo para que me acompañaran a la Relojería

5405. Dejé, encima de la cama, la maleta de madera, que cuatro años antes me había hecho el carpintero de mi pueblo, para viajar a Barcelona

5401. Eran las siete de la mañana, del día dos de septiembre del año 1965, cuando mi padre y yo caminábamos en silencio por la calle Barón del Solar

72. Cuenta mi padre, que se daban una buena tunda de correazos, volvían a sus casas calentitos, aunque siempre había que procurar dar y que no te dieran

71. Subía ella por la Plaza del Ayuntamiento, con su capazo de ropa apoyado en la cabeza. El agua le bajaba por la cara, empapándole la camiseta.

70. A mi abuela Serafina el trabajo se le acumulaba y no llegaba a tiempo de atender a sus diez hijos varones

69. Pidieron reunirse con Pedro de la Cruz, el Juez Árbitro, para proponerle que se cambiara la salida, que se corriera a favor del viento

68. Las piernas me pesaban como el plomo. Los brazos los movía sin control. La alegría de irme solo la pagué muy cara. Ya era tarde para rectificar

64. “El boina” nos había dicho que si no marchábamos bien nos descalificarían. El juez Arbitro Nacional Fermín Bracicorto, nos iba a controlar

61. Al estar situado cerca de la Ciudad Universitaria y del INEF, era el lugar idóneo, cuando no queríamos bajar a la Casa de Campo

54. El bigotes ganó la partida y el Campeonato. El premio que obtuve fue un tablero de ajedrez que habíamos comprado entre todos los participantes

53. No quería nada más que correr frenéticamente hasta no poder más, enfrentándome a la soledad y a la reflexión del atleta que trabaja muy duro

52. A medida que el tiempo iba pasando la fatiga aumentaba y el cansancio se apoderaba de nosotros, pero teníamos que continuar como pudiéramos

41. Muchos rostros nos dejan una profunda huella y otros nos son totalmente indiferentes. Para mí Carlos Pérez de Guzmán fue una persona excepcional

38. Había un jugador que me tenía realmente fascinado, este era el cubano Capablanca, que se había proclamado Campeón Mundial en el año 1921

27. Me fui a dormir con la cabeza muy revuelta. Estaba convencido de que acaba de hacer historia, la historia de mi vida

25. No me voy a ir de CESA, como tampoco me he ido de CASA. Me llevaré muchos agradables recuerdos que espero me acompañen durante toda mi vida

24. Conseguimos un acercamiento que se rompió con la distancia y los nuevos compromisos y responsabilidades que yo adquirí en mi nuevo destino

23. Seguí bajando a entrenar al SEU y al INEF, ahora con más asiduidad, porque ya me sentía parte de un grupo que me arropaba y ayudaba